Debemos ser muy disciplinados en nuestra relación con el Silencio.
Estamos tan acostumbrados a hablar y hablar... tenemos una ansiedad de comunicarnos acumulada tan grande que de inmediato tratamos de convertir en una charla nuestra relación con Dios olvidando que él está más allá de las palabras.
Es necesario entonces reentrenarnos. Reeducarnos en el arte de guardar silencio y abrirnos a su compañía para permitir que cosas maravillosas sucedan.
Ejercicio 2. La disciplina del silencioLuego de estar un poco en mejor disposición de reconocer cambios en nuestro cuerpo, vamos a usarlos a ellos y no a nuestras palabras para entablar una comunión con lo superior.
Estando relajados y enfocados vamos a poner nuestra atención en algo que nos recuerde a Dios, que será diferente según nuestras creencias. Para mi funciona, por ejemplo, una imagen del sagrado corazón de Jesús o la imagen de un punto de luz encima de mi cabeza.
Dejemos que las sensaciones se desarrollen libremente, sintiendo nuestro cuerpo y poniendo algún énfasis en las zonas específicas que vayamos sintiendo distintas. Usemos nuestra libreta para anotar lo que va sucediendo y comparar con la experiencia de escuchar nuestro cuerpo sin prestar especial atención a cosa alguna.
Conviene hacer esta experiencia a diario al menos una vez a una misma hora, para ir creando una disciplina alrededor de ella.